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One-month-old Monyaguek from South Sudan is held by his mother while receiving a dose of oral polio vaccine.

A great day for Africa: polio nears its end

Today marks one year since we have had a case of the wild poliovirus anywhere in Africa, the last having been reported from Somalia with a date of onset of 11th August 2014.

What an extraordinary achievement and what a powerful symbol of the progress that has been made on the African continent over the past generation.

What got us to this point was not just a vaccine, it was the tireless work of hundreds of thousands of volunteers, traditional and religious leaders at community level, combined with the commitment and determination of national and local governments. On the global level it has involved a remarkable partnership between WHO, Rotary International, the Centres for Disease Control, the Bill and Melinda Gates Foundation and UNICEF, backed by the generous contributions of many public and private donors.

A girl in Somalia holds out her hand to display her ink-marked finger, which demonstrates that she has been vaccinated against polio.

A girl in Somalia displays her ink-marked finger, demonstrating that she has been vaccinated against polio. © UNICEF/NYHQ2013-1318/Ohanesian

Last month we applauded Nigeria for having achieved a year without detection of the wild poliovirus, despite the enormous challenges posed by insecurity in the Northeast of the country. We have also seen polio outbreaks in Cameroon, Equatorial Guinea and the Horn of Africa halted, thanks to the professionalism, ingenuity and courage of UNICEF staff and our partners.

Globally, we are on the verge of totally eradicating a disease for only the second time in history – as we approach the General Assembly’s endorsement of the Sustainable Development Goals, what a wonderful time to be able to encourage the global community to set ambitious goals and to know that such goals can be met – if we believe.

In November I will end a career of nearly forty years in development. On the 15th of August 1977 I set off for Khartoum. In the months and years that followed I travelled extensively throughout Sudan – on the top of trucks, by train, at the wheel of a Land Rover on nearly impossible roads, and by paddle steamer down the Nile. During these journeys I gained an appreciation for the enormous size of the country and for the extraordinary hardship and isolation in which many of its population lived. I left Sudan in 1983, as the civil war was starting and returned in 2007, as Director of the UNICEF programme in the South of what was then still a united country.

In 2008 we had an outbreak of polio that originated in Jonglei State, close to the border with Ethiopia. It is hard to describe the isolation of this place – an area of marshes, vast cotton-soil plains that become impassable after rains, and an area that has long been plagued by insecurity. Despite all of these challenges – and ongoing insecurity and conflict to this day – the polio outbreak was contained and, what is now the independent nation of South Sudan, has not seen a single case of wild poliovirus since.

One-month-old Monyaguek from South Sudan is held by his mother while receiving a dose of oral polio vaccine.

One-month-old Monyaguek from South Sudan is held by his mother while receiving a dose of oral polio vaccine. © UNICEF/NYHQ2011-2460/Sokol

Similar remarkable achievements across Africa have provided the basis for what we celebrate today.

While today’s milestone is extraordinary, it is not an endpoint. For Nigeria, two more years must pass without a case of wild poliovirus before it can finally be certified as polio-free, along with the rest of the African continent. To achieve this goal, Nigeria and the many other African countries that remain at risk for polio must maintain high-quality surveillance, work ever-harder to improve the quality of vaccination campaigns, and act decisively, should further outbreaks occur. They must also re-double their efforts to improve routine immunization.

With Africa now on track, we are left with only two countries where polio transmission has never been interrupted: Pakistan and Afghanistan. Here too, despite enormous challenges, communities, governments and partners are working with courage and determination to end polio once and for all: today’s anniversary in Africa gives us the faith to believe that they too can succeed.

Peter Crowley is the head of UNICEF’s Polio unit.

A girl in Somalia holds out her hand to display her ink-marked finger, which demonstrates that she has been vaccinated against polio.

Un gran día para África: se acerca el fin de la polio

El 11 de agosto hizo un año del último caso del virus poliomielítico salvaje registrado en toda África, que se detectó en Somalia el 11 de agosto de 2014.

Durante la última generación se han hecho logros extraordinarios, y el continente africano se ha convertido en un poderoso símbolo de progreso.

Esto ha sido posible no solo gracias a una vacuna, sino también al trabajo infatigable de cientos de miles de voluntarios, líderes tradicionales y religiosos a  nivel comunitario, combinado con el compromiso y la determinación de los gobiernos nacionales y locales. A escala global, este trabajo ha implicado una importante alianza entre la OMS, Rotary International, los Centros para el Control de Enfermedades, la Fundación de Bill y Melinda Gates y UNICEF, respaldados por las generosas contribuciones de numerosos donantes públicos y particulares.

En Somalia, una niña muestra su dedo lleno de tinta, lo que demuestra que la han vacunado contra la polio.

En Somalia, una niña muestra su dedo lleno de tinta, lo que demuestra que la han vacunado contra la polio. © UNICEF/NYHQ2013-1318/Ohanesian

El mes pasado aplaudíamos porque en Nigeria había transcurrido un año sin detectar ningún caso del virus poliomielítico salvaje, si bien sigue habiendo riesgos en el noreste del país. Por otra parte, gracias a la profesionalidad, el ingenio y la valentía de los miembros y aliados de UNICEF, hemos asistido a la detención de los brotes de la polio en Camerún, Guinea Ecuatorial y el Cuerno de África.

En el plano internacional, nos encontramos a punto de erradicar una enfermedad por segunda vez en la historia. Pronto tendrá lugar la aprobación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible por parte de la Asamblea General, y qué mejor momento que este para animar a la comunidad internacional a establecer unos objetivos ambiciosos y saber que, con voluntad, lograremos conseguirlos.

En noviembre finalizará mi trayectoria de casi cuarenta años dedicados al desarrollo. El 15 de agosto de 1977 marché a Jartum. Durante los meses y los años posteriores recorrí Sudán a lo largo y a lo ancho, encima de camiones, en tren, en la rueda de un Land Rover por carreteras imposibles y a remo por el Nilo. Durante mis viajes tuve la oportunidad de apreciar las enormes dimensiones del país y las grandes dificultades y el aislamiento que sufren muchos de sus habitantes. Me fui de Sudán cuando empezó la guerra civil en 1983, y volví en 2007 como Director del programa de UNICEF para el Sur del que, por entonces, aún era un país unido.

En 2008 hubo un brote de polio con origen en el Estado de Junqali, cerca de la frontera con Etiopía. Es difícil describir el aislamiento que sufre este país, una zona llena de pantanos, terrenos de vertisoles que imposibilitan el tránsito tras las lluvias, y una zona en la que durante mucho tiempo ha reinado la inseguridad. A pesar de todas estas dificultades y de la inseguridad y el conflicto que permanece hoy en día, se consiguió frenar el brote de polio, y lo que hoy es la nación independiente de Sudán del Sur no ha vuelto a presentar un solo caso nuevo de poliomielitis.

En Sudán del Sur, una madre sostiene a su bebé Monyaguek, de un mes de edad, mientras le proporcionan una dosis de la vacuna oral contra la polio.

En Sudán del Sur, una madre sostiene a su bebé Monyaguek, de un mes de edad, mientras le proporcionan una dosis de la vacuna oral contra la polio. © UNICEF/NYHQ2011-2460/Sokol

Otros logros parecidos ocurridos en distintas partes de África constituyen la base de la noticia que celebramos.

Aunque se trata de un hito incomparable, no significa que sea el fin de la enfermedad. En el caso de Nigeria, es necesario que transcurran dos años sin detectar un caso del virus poliomielítico antes de poder garantizar que están libres de polio, al igual que el resto del continente africano. Para conseguirlo, Nigeria y otros muchos países africanos que continúan padeciendo riesgo de sufrir nuevos casos de polio deben mantener una vigilancia de alta calidad y trabajar aún más para mejorar la calidad de las campañas de vacunación. Deberán actuar con decisión en caso de que surjan nuevos brotes, y tendrán que redoblar sus esfuerzos para optimizar las prácticas de inmunización.

Ahora que la situación de África parece haber tomado un buen rumbo, nos quedan solo dos países donde todavía no ha cesado nunca la transmisión de la polio: Pakistán y Afganistán. Allí, a pesar de las enormes dificultades, las comunidades, los gobiernos y los aliados trabajan con ahínco y determinación para erradicar la polio de una vez por todas. El aniversario que celebramos en África nos da motivos para creer que ellos también podrán conseguirlo.

Peter Crowley es el jefe de la unidad de UNICEF contra la Polio.

Grace in her classroom in

Nigeria: responding to the education needs of displaced children

Sixteen-year-old Grace fled her home in March this year after witnessing the brutal beheading of her father by the armed group Boko Haram, in Baga, Northeast Nigeria. “When my father was killed, we had to leave our town,” she recalls. “I thought that was the end of the road for me.”

But it wasn’t.

I met Grace in May at a camp in Maiduguri, in Borno State, where she is living with the remaining members of her family. Her mother is now responsible not only for Grace and eight of her brothers and sisters, but also for four of Grace’s cousins, whose father was killed in another attack. Grace worries about their predicament, she told me. But along with her concerns about her family’s survival, Grace is also desperate to continue her education.

When her family fled the city of Baga, Grace believed her quest to get an education had disappeared along with her home. However, Grace and other displaced children at the camp are able to attend the Government Secondary School Maiduguri thanks to ‘double shifting’  – a strategy promoted by UNICEF that allows displaced children to double up in the same schools as those of the host community in Maiduguri, without the huge numbers of children overwhelming the school’s capacity.

Grace in her classroom at the Government Secondary School in Maiduguri, Northeast Nigeria.

Grace in her classroom at the Government Secondary School in Maiduguri, Northeast Nigeria. ©UNICEF/Nigeria/2015/Esiebo

This mechanism ensures the best use of the existing school infrastructure, running two sets of classes, one in the morning and one in the afternoon, enabling children from both the local community and displaced families to access education. In total, there are 873 children from the camps and host community attending the same school as Grace.

One of Grace’s new teachers at the school, Ayodele Ponle, told me that although some of the displaced children are doing well, some of them seem disconnected and distracted. “Some saw how their parents were killed and painful memories make it difficult for them to concentrate,” she said. Ayodele believes that with time the children will improve and do better in class. She told me she was confident that a mix of learning, sporting activities and recreation would help to draw them out and help them to deal with their trauma.

Many Nigerian children have seen their chances of access to education undermined by conflict, displacement, deaths and family separation. As a result of the crisis, more than 800 schools in Northeast Nigeria have been damaged, burned, or looted, or remain occupied by displaced families who sought refuge in the classrooms. In Borno State, most school children have lost an entire school year.

Even before the flare-up of violence at the beginning of this year, Nigeria had 10.5 million out-of-school children – the world’s highest number – with more than 60 per cent of those children living in the north.

UNICEF is supporting education for conflict-affected children in Northeast Nigeria with a mix of strategies. As well as double-shifting, UNICEF supports teacher training, including a master training of trainers that covers life skills and psychosocial support delivery in the classroom; emergency preparedness and response at schools; and peace building. UNICEF is also providing school supplies and school bags, as well as large tents that serve as temporary learning spaces.

In Borno, Adamawa and Yobe States in the Northeast, nearly 40,000 girls and boys have gained access to education through UNICEF and its partners. Many of these children, unlike Grace, who had already attended school, are discovering what schooling is for the first time in their lives.

Some are not so fortunate. Grace misses her two elder sisters. She told me they ran into the desert the day Boko Haram attacked their village and killed their father. They have not been seen since. In a quiet voice and with tears in her eyes Grace told me, “I just wish they were here with me to continue their education.”

Geoffrey Njoku is a Communication Officer working for UNICEF Nigeria.

Nurse Ruth holds Fatima, right after the delivery in Dalori displacement camp, North-East Nigeria.

Born in a displacement camp in north-east Nigeria

It has been ten hours since Halima* went into labour. Her contractions are regular, and increasing. She is in so much pain – but she doesn’t utter a sound; only her face shows the extent of the suffering she is going through.

Her husband was shot dead when the armed group known as ‘Boko Haram’ attacked her hometown. Already pregnant, Halima was held captive for seven months. After the Nigerian armed forces rescued her two months ago, she found refuge in Dalori displacement camp, together with over 15,000 other people uprooted by the conflict in north-east Nigeria.

Nurse Ruth holds Fatima, right after the delivery in Dalori displacement camp, north-east Nigeria.

Ruth, the nurse, is holding Fatima, the baby girl she just helped to deliver in the clinic supported by UNICEF and the government of Japan. ©UNICEF/2015/Birukila

One of the UNICEF volunteer community mobilizers who was going from tent-to-tent convinced Halima to go to the clinic, where she underwent a medical consultation. She then returned for regular antenatal check-ups. As soon as the labour started, she headed to the clinic. Halima was immediately cared for by a midwife, a traditional birth attendant and a nurse, Ruth.

Now, Ruth checks her – and she is ready. After a few more contractions, Halima gives birth to a beautiful baby girl, who weighs 3 kg. The baby lets out a few cries and starts sucking her thumb right away.

There is joy in the room, and Halima smiles. She and her baby are cleaned and start breastfeeding. Ruth will say, later on, that she was worried that Halima’s latest delivery might be of high risk.

A chance at survival
Despite the hardships associated with displacement camps, the baby girl has a good chance of survival because of the care she has received. Soon, she will have her routine immunization, while Halima continues to receive attention until she recovers. Halima has just given birth to the twenty-seventh baby born in this clinic in Dalori displacement camp.

In total, more than 1.3 million people have been forced to flee their homes as a result of the conflict in north-east Nigeria, with almost 300,000 newly displaced people since February. Many of the people who have been displaced from areas recently liberated after months of control by Boko Haram suffer from malnutrition, dehydration and exhaustion, especially women and children. In less than two months, 73 deaths have been recorded, with children under 5 comprising 33 per cent of them.

In an effort to reduce child mortality among the displaced population, UNICEF immediately deployed a team of health professionals to support scaling up the integrated health care services provided in the camp through the State Primary Health Care Development Agency. Three clinics were set up in Dalori camp, with support from UNICEF and the Government of Japan, including the one where Halima and baby have received care. Health care workers were involved in the setup and trained to provide services 24 hours a day. The team includes three midwives, three doctors and 50 volunteer community mobilizers.

Baby Fatima ©UNICEF/2015/Birukila

Baby Fatima ©UNICEF/2015/Birukila

Baby ‘Fatima’ faces the future
“I don’t know what would have happened if I was not rescued and brought into this camp,” says Halima. The baby girl, wrapped in a white cloth, has tentatively been named Fatima by her mother. After seven days, she will receive her official name, according to the local traditions.

Recovering from her labour, Halima observes the people around her, the health care professionals. She has never sent her children to school, but is imagining the opportunities that an education might bring her newest baby. “I want this for my daughter,” she says. 

“Since I arrived in this camp, I realized that all the people who helped me here had access to Western education. I will allow my daughter to go to school,” she adds, with a look of determination.

Halima will work hard; her daughter will have access to education. In the meantime, her eldest son is attending the UNICEF-supported school in the camp.

Dr. Gerida Birukila is a Communication for Development Specialist.


*name has been changed to protect identity.

Baby Fatima ©UNICEF/2015/Birukila

Nacida en un campamento de desplazados en el noreste de Nigeria

Hace 10 horas que empezó el trabajo de parto de Halima*. Sus contracciones son regulares y van en aumento. Sufre intensos dolores, pero no emite queja alguna; solamente su rostro muestra el grado de sufrimiento que experimenta.

Su marido murió a causa de un disparo cuando el grupo armado conocido como Boko Haram atacó su pueblo natal. Embarazada, Halima estuvo siete meses en cautiverio. Después de que las fuerzas armadas de Nigeria la rescataron, hace dos meses, encontró refugio en el campamento para desplazados de Dalori, junto con otras 15.000 personas desarraigadas por el conflicto en el noreste de Nigeria.

La enfermera Ruth sostiene en brazos a Fátima, instantes después de su nacimiento, en el campamento para desplazados de Dalori, noreste de Nigeria

La enfermera Ruth sostiene en brazos a Fátima, instantes después de su nacimiento, en el campamento para desplazados de Dalori, noreste de Nigeria. ©UNICEF/2015/Birukila

Un movilizador comunitario de UNICEF que visitaba las tiendas de campaña convenció a Halima de acudir a una consulta en la clínica, tras lo cual continuó asistiendo de forma periódica a controles prenatales. Tan pronto como comenzó el trabajo de parto, se dirigió a la clínica, donde una partera tradicional y una enfermera, Ruth, la atendieron sin demora.

Ahora, Ruth examina a Halima, que ya está lista. Después de unas cuantas contracciones más, da a luz a una preciosa niña de 3 kilogramos. La bebé llora un poco y empieza de inmediato a succionarse el pulgar derecho.

En la sala hay un ambiente de alegría y Halima sonríe. Luego de limpiar a la madre y a la bebé, empieza el amamantamiento. Ruth dijo posteriormente que había temido que este parto fuera de alto riesgo debido a la edad de Halima.

Una oportunidad de supervivencia
A pesar de las difíciles condiciones de vida en los campamentos de desplazados, la bebé tiene una alta probabilidad de sobrevivir gracias a la atención que ha recibido, y dentro de poco tiempo empezará a beneficiarse del esquema de vacunación. Por su parte, Halima seguirá siendo atendida hasta su total recuperación. La hija de Halima es el bebé número 27 que nace en esta clínica del campamento de desplazados de Dalori.

El conflicto en el noreste de Nigeria ha obligado a más de 1,3 millones de personas a huir de sus hogares, y el número de desplazados ha aumentado casi en 300.000 desde el mes de febrero. Muchas de las personas desplazadas de zonas que recientemente fueron liberadas luego de meses de control por parte de Boko Haram, presentan malnutrición, deshidratación y agotamiento, especialmente mujeres y niños. En menos de dos meses se han registrado 73 muertes, de las cuales el 33% corresponde a niños y niñas menores de 5 años.

En un esfuerzo por reducir la mortalidad infantil entre la población desplazada, UNICEF envió inmediatamente un equipo de profesionales de la salud para ampliar la prestación de los servicios sanitarios integrados que se prestan en el campamento por medio de la Agencia Estatal para la Atención Primaria de la Salud. Con apoyo de UNICEF y el Gobierno del Japón, se establecieron tres clínicas en el campamento de Dalori, incluyendo la que ofreció atención a Halima y a su bebé. Los trabajadores sanitarios participaron en la adecuación y recibieron capacitación para proporcionar servicios las 24 horas del día. El equipo consta de tres parteras, tres médicos y 50 voluntarios que actúan como movilizadores comunitarios.

Bebé Fátima ©UNICEF/2015/Birukila

Bebé Fátima ©UNICEF/2015/Birukila

La bebé “Fátima” encara el futuro
“No sé qué habría ocurrido si no me hubieran rescatado y traído a este campamento”, dice Halima. La bebé, arropada con una tela blanca, y a quien su madre ha dado provisionalmente el nombre de Fátima, dentro de siete días recibirá su nombre oficial, de acuerdo con las tradiciones locales.

Recuperándose del parto, Halima observa a los profesionales sanitarios que la rodean. Aunque sus hijos nunca han ido a la escuela, piensa en las oportunidades que su hija recién nacida tendría en el futuro si recibe educación. “Quiero esto para ella”.

“Desde que llegué a este campamento, me di cuenta de que todas las personas que me ayudaban habían tenido acceso a la educación occidental. Permitiré que mi hija vaya a la escuela”, agrega, con una mirada que denota determinación.

Halima trabajará duro y su hija tendrá acceso a la enseñanza. Mientras tanto, su hijo mayor estudia en la escuela que funciona en el campamento con apoyo de UNICEF.

La Dra. Gerida Birukila es especialista en comunicaciones para el desarrollo.


* el nombre ha sido cambiado para proteger su identidad.

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Dreams of returning home after fleeing Boko Haram in Nigeria

Evelyn sits on a bunk bed while holding her 1-year-old daughter, Rose, in a camp for internally displaced people, in Yola, the capital of Adamawa, a state in the country’s north-east. Her 5-year-old son, Wisdom, also lives with them in the camp. © UNICEF/NYHQ2015-0476/Esiebo

Evelyn sits on a bunk bed while holding her daughter, Rose, in a camp for internally displaced people, in Yola, Nigeria. © UNICEF/NYHQ2015-0476/Esiebo

Life could not have been much better for Halima. Newly married, she had been showered with gifts of colourful wraps and pots and pans for evening meals with family and friends. She was also expecting her first baby. But then the shots rang out, and Halima’s world shattered. Then, last October, Boko Haram attacked Halima’s town – Gwoza, in Borno State, north-eastern Nigeria.

“I was about to cook dinner when they came,” says Halima, who is 26. They had just celebrated the Muslim holy period of Eid-el-Kabir when their community was overrun.

“We were at home, and they just came in shooting,” recalls Halima. “They killed a lot of men.”

Halima and some of the other women, men and children managed to flee and eventually made it all the way to the capital, Abuja.

Here in Abuja, Halima and many others live in makeshift shacks and half-finished construction sites with little else than what is provided by strangers.

In early March, Halima awoke in the dark of night to shouting and fear of infiltration from Boko Haram. Confusion set in, and shots rang out. She was seven months pregnant.

“People just started running. I ran and I fell on my stomach,” says Halima, whose face is still bruised from the fall. She was taken to hospital, but it was too late. She lost the baby. “It was a little boy.”

Halima’s story is all too familiar to thousands of families who have fled north-eastern Nigeria because of deadly attacks by Boko Haram that have affected Christian and Muslim communities alike. Around 1.2 million people have been internally displaced from the violence, most of them women and children. Around 200,000 others have fled to neighbouring Cameroon, Chad and the Niger.

UNICEF and partners are working with the Nigerian National Emergency Management Agency (NEMA) and others to provide life-saving support for some of those who have fled – often with only the clothes on their backs. Money, motorcycles, cattle and homes are among the missing possessions – while hundreds of schools across the north-east have been damaged or destroyed.

UNICEF is helping to provide educational material, access to clean water, vaccinations, medical supplies and psycho-social counselling for thousands of children, many of whom have seen parents and other loved ones killed, had friends abducted, experienced horrific violence and sexual abuse.

“Every child has a story to tell,” says Gerida Burikila, with UNICEF’s office in Maiduguri, Borno State. “Some children are so traumatized they cannot speak.”

In Yola, in the State of Adamawa, thousands are living in camps or in host communities in sweltering heat and with similar, chilling accounts.

Evelyn (23) and her two children are among them. Evelyn was attending church in Michika when members of Boko Haram entered on Sunday 7 September and started shooting, killing men, and snatching girls. Evelyn grabbed her 1-year-old daughter Rose and ran, but her 5-year-old son Wisdom was in another part of the church playing.

“It was children’s day,” Evelyn explains in a soft voice, sitting in a cramped dormitory that now hosts 78 women and children. She fled into the mountains with the others. One week later, she was reunited with her son, but Evelyn has not heard from her husband since that day. “I don’t know if he is alive or dead.”

They stayed in the mountain for a month, barely surviving on berries and swamp water, and then made the journey to Yola. Evelyn, who has studied economics, is longing to go back home. But she knows it will be a difficult return. “They have taken everything,” she says.

As needs are outpacing resources, UNICEF is urgently asking for additional funding to help respond to the crisis. But perhaps the biggest helping hand is coming from the communities and the women, themselves.

In Abuja, Halima, who has a university degree, has cleared out a corner of the construction site where she shelters for a makeshift school for the children. It is a way for the children to cope and be better prepared for going back. And Halima is determined to do just that.

“I just want to go home,” she says. “There is no place like home.”

Malene Kamp Jensen is a Communication Specialist based at UNICEF NYHQ. This account was written in Abuja and Yola, Nigeria, during a visit to the country in March 2015.

UNI182403

Au cœur d’une région menacée par Boko Haram

Dans le cadre des activités de l’UNICEF et de COOPI, des enfants jouent au foot dans le camp Sayam Forage qui accueille 1 500 personnes fuyant Boko Haram.

Dans le cadre des activités de l’UNICEF et de COOPI, des enfants jouent au foot dans le camp Sayam Forage qui accueille 1 500 personnes fuyant Boko Haram. © UNICEF/UNI182403/Abdou

Depuis les premières attaques du 6 février 2015 perpétrées par Boko Haram à  Diffa, les entrées tout comme les sorties dans cette région du sud-est du Niger font l’objet d’un contrôle strict.

De Zinder à Diffa, les barrages ont été renforcés et les contrôles d’identité sont systématiques et rigoureux. A chaque barrage, il faut présenter sa carte d’identité ou son passeport. Certaines pièces admises auparavant ne font plus l’unanimité, tel que le permis de conduire.  Pour les passagers qui ne peuvent s’acquitter de l’amende de 1 500 Francs CFA (environ US$3), le voyage s’arrête là.

A l’entrée de Diffa, ce sont des véhicules gros porteurs et une longue barricade gardée par  des hommes armés  qui me souhaitent la bienvenue. Depuis le 6 février, les camions n’entrent plus en ville. « C’est parce qu’on a découvert que certains de ces véhicules sont piégés, » m’explique un riverain.

Une ville sous haute surveillance

Depuis qu’un état d’urgence de trois mois a été décrété par les autorités nigériennes, le pouvoir de l’armée a été étendu et de nouvelles habitudes ont vu le jour, comme le port systématique d’armes.

Cependant, loin d’effrayer les habitants de Diffa, ces mesures récentes leur procurent un sentiment de sécurité : « En les voyant comme ça, je me dis qu’ils contrôlent la situation. C’est aussi une preuve qu’ils sont prêts à maitriser tout ce qui peut surgir et cela va dissuader les personnes mal intentionnées, » me confie un jeune de Diffa, sous condition d’anonymat.

Garés dans les concessions ou sous les hangars, les engins à deux roues sont désormais  des objets de décoration : l’armée a interdit leur circulation depuis les premières attaques, les membres de Boko Haram utilisant principalement des motos pour mener leurs attaques meurtrières.

Une telle décision n’est pas sans conséquences pour l’économie de la région : un grand nombre de jeunes déscolarisés et sans emploi avaient créé des activités de taxi-motos, appelées Kabou Kabou, et plus de 1 500 circulaient auparavant en ville, apportant une aide économique précieuse à de nombreux habitants de la région, l’une des plus pauvres du pays. « C’est un problème pour tous ces Kabou-kabous qui subviennent aux besoins de leurs familles grâce à ce métier, » confirme Abakar, Point Focal du Cadre de Concertation des Associations de Jeunesse du Niger.

La région de Diffa compte environ 666 000 habitants, la moitié de moins de 15 ans. L’accès et l’utilisation des services sociaux de base est faible : 64% des enfants de 5 à 17 ans sont privés d’au moins trois droits fondamentaux sur six : éducation, information, logement, assainissement, accès à l’eau, et protection contre les violences.

En 2011-2012, la région de Diffa était déjà celle qui avait le plus faible taux de scolarisation brute au primaire (63%) du pays. Le taux brut de scolarisation au secondaire était de 16.2% pour les garçons et de 15% pour les filles.

Sayam Forage, un refuge pour 1 500 personnes

Encadrés par des travailleurs sociaux et psychologues de COOPI, des enfants réfugiés jouent en toute confiance. © UNICEF/UNI182404/Abdou

Encadrés par des travailleurs sociaux et psychologues de COOPI, des enfants réfugiés jouent en toute confiance. © UNICEF/UNI182404/Abdou

Après avoir transité par Diffa, la plus grande ville de la région, je me suis rendu au camp de réfugiés de Sayam Forage, situé à 40 kilomètres au nord-est de Diffa.  Il faut une heure de route pour atteindre le camp. Accompagné par l’ONG Italienne COOPI, partenaire de l’UNICEF, nous avons d’abord salué le chef de la sécurité, passage obligatoire avant de rencontrer le Comité des refugiés.

Malgré le fait qu’ils aient tout perdu, j’ai pu lire la jovialité et l’espoir sur le visage de ces hommes et femmes qui m’ont accueilli si chaleureusement. Deux langues prédominent, le Kanouri et le Hausa. Je suis hausaphone,  et cela va constituer mon  « passeport »  auprès de ces populations.

Installées dans des tentes individuelles, chaque famille a son histoire. Toutes sont terriblement émouvantes. Comme celle de Zahra Mohamed, 35 ans et mère de trois enfants en bas âge. Elle me reçoit dans son hijab bleu, assise derrière sa tente en compagnie de l’un de ses enfants. Elle a déjà trouvé une petite activité génératrice de revenus : elle remplit des sachets de piment sec pour ensuite les revendre.

Elle me raconte son histoire, tout en travaillant. Originaire de Damasak, elle a été enlevée par Boko Haram et retenue prisonnière en compagnie de plus de 500 autres femmes. Zahra a pu s’enfuir et retrouver sa famille.

Le DIAP, une alternative en attendant la création d’écoles au camp

Pendant que je discute avec Zahra, j’entends des chansons d’enfants : j’apprends que tous les matins, les enfants  du camp se donnent rendez-vous sous la tente de COOPI pour les activités du « Dispositif Itinérant d’Appui Psychosocial » (DIAP) mis en place avec l’appui de l’UNICEF.

Grâce à la valise d’outils mise à leur disposition, les enfants jouent, chantent et dansent, font des puzzles ou dessinent… Une occasion pour eux d’oublier ce qu’ils ont vécu. Cela permet aussi  aux travailleurs psychosociaux de détecter les enfants nécessitant un suivi psychosocial, car certains ont des moments de violence ou se mettent à l’écart.

Pendant quelques instants, je me mets à l’écart pour les observer : c’est tout un autre monde, un monde où ces enfants ne pensent qu’à jouer et à rire, où ils sont en confiance.

Face à la vulnérabilité accrue de la région de Diffa, la communauté humanitaire, dont l’UNICEF, met actuellement en place un programme ambitieux d’aide en matière de protection et d’éducation des enfants. L’organisation instaure également des mécanismes de surveillance pour la protection de l’enfant, afin de recueillir des données sur les éventuelles  violations, d’y apporter une réponse appropriée et de participer plus activement à la compréhension des  mécanismes de recrutement et d’utilisation des enfants  dans les conflits armés.

Des dessins pour dire les choses

Biba, 9 ans, dessine pour raconter ce qui est arrivé à sa famille quand Boko Haram a attaqué son village.

Biba, 9 ans, dessine pour raconter ce qui est arrivé à sa famille quand Boko Haram a attaqué son village. © UNICEF/UNI182407/Abdou

Sous la tente, les enfants  racontent aussi en dessin ce qu’ils ont vécu avant et pendant la fuite. C’est la première fois que j’assiste à une telle expérience.  Grande est ma surprise de les voir dessiner sans efforts de telles scènes de violence : des personnes décapitées, brulées ; des bébés noyés ; des armes, des balles et des flammes qui crépitent. L’horreur. J’en ai des frissons.

A travers ces dessins, ces artistes en herbe expriment aussi ce qui leur manque depuis qu’ils sont arrivés au Niger.  Ousmane, 11 ans, dessine un vêtement et son école. Il lui tarde de retourner en classe. Je me demande ce qu’il serait advenu de ces enfants sans toutes ces activités, dans ce camp coupé du monde.

La situation précaire dans laquelle se trouve la région de Diffa exacerbe les risques de conflit et pourrait encourager les jeunes en quête d’activités plus lucratives à rejoindre les forces et groupes armés, ainsi que les mouvements illicites comme Boko Haram, qui continue de sévir dans le nord du Nigéria.

Islamane Abdou est un blogger nigérien de 25 ans, de retour de mission avec l’UNICEF dans la région de Diffa, au sud-est du Niger. Il y a réalisé une série de reportages sur la situation de 100 000 déplacés fuyant les violences commises par le groupe terroriste Boko Haram au nord du Nigéria,  et sur le travail de l’UNICEF et de ses partenaires pour soutenir ces populations traumatisées.

Peter prepares for the game.

Escaping Boko Haram: a child’s journey from Nigeria to Chad

Peter and Mohammed play a game of football in the afternoon.

Peter and Mohammed play a game of football in the afternoon.

Dar es Salaam Camp, Baga Sola, Chad: It is 4:00 in the afternoon, on a day in March. That means it is time for football. As the debilitating heat of the desert sun starts to ease, boys of all ages gather to lose themselves in the intoxication of the beautiful game. For a couple of hours, all is almost forgotten, as the black and white ball jolts around in a small cloud of dust through the cooling sand.

Momentarily, the weighing reality that these boys are here because they have been chased, hunted from their homes in Nigeria by the armed group Boko Haram, is lifted from their shoulders. For many, family members and friends have been killed before their eyes; some have lost their parents in the chaos and are now here at this refugee camp all alone.

The UNICEF-supported child friendly space is where I meet Peter, a 15-year-old boy, small for his age, but big on personality. “They call me Neymar,” he says, grinning, and then he points to the boy next to him and says happily, “And this is my friend Mohammed – they call him Messi”. It must be true, for he is wearing what is surely Africa’s most popular t-shirt: a maroon and blue Barcelona football shirt with ‘Messi’ imprinted on the back.

Mohammed and Peter are more than firm friends; they are like brothers – inseparable. They stay in the same tent, walk to school together, fetch water together, cook together and, importantly, play football together. They are also both here without their families. In the chaos of the Boko Haram attacks in their villages, both were separated from their parents and siblings. There are 126 other separated and unaccompanied children at the camp.

Peter retells his horrific journey from Nigeria with unease and in an almost disconnected manner: In January, he was out fishing with a family friend while the rest of his family was in the town of Maiduguri. At around 4:00 a.m., he was awakened by gunshots and fled along with his neighbours, as Boko Haram chased them. They ran to Baga hoping for safety, but only found themselves running again with Boko Haram pursuing them. From Baga, they fled to Doro, where they got into a boat that ultimately took them to Ngouboua – which, a few weeks later, would become the scene of the first attack by Boko Haram on Chadian soil.

From Ngouboua, Peter, along with around 4,404 refugees, was taken to the Dar es Salaam camp near Baga Sola.

“Many of the children who arrive here show symptoms of trauma because of the violence they have witnessed. They don’t eat or sleep, and some can’t talk about it all,” says Dr. Claude Ngabu, Chief of the UNICEF Baga Sola Field Office.

Through the child friendly space, community workers start to counsel the children and provide them with a safe space to talk about their experiences. They play boardgames and sports like football and volleyball. The community workers help reunite children with their families.

Through this programme, Peter’s family was traced to Maiduguri, in north-east Nigeria. “I called them. They are very happy that I am here in Dar es Salaam – that they [Boko Haram] didn’t kill me.”

Peter speaks regularly to his family now, and the hope is that soon he will be reunified with them. “I miss them, and right now I’m not happy,” he says. “By the grace of God, I will go back and see them.” But ongoing violence and insecurity in the Lake region means that this reunion will have to wait.

In the meantime, Peter is attending the newly opened temporary learning space at the camp. He is one of the few students who has had some sort of a formal education, albeit a sporadic five years of schooling. Most of the learners have either only been to Koranic school or have never entered a school classroom. Schools and health clinics in the Lake Chad region are few and far between, and roads are almost non-existent. Even at the age of 15, Peter is very candid about his life options and explains to me that, while he wants to go and see his family, he also wants to finish school here – at home it will not be easy because of the violence and poverty.

As the sun begins to set, Peter and Mohammed start preparing their evening meal. “I know how to cook,” he says proudly, while showing each of the ingredients that he will mix together in a pot over a small fire outside: rice, flour, a few slivers of a red onion, some oil and one Maggie stock cube make up the meal. “After we eat, we go to sleep, then we wake up and go to school, ” says Peter. “That is it.”

For this aspiring football star who has defied the odds and made it to safety through a most violent experience, a boy whose childhood is forever gone, but who still wakes up and goes to school ferociously absorbing every bit of information he can – it is hard to believe that “that is it” and that his remarkable journey will end here. So I choose not to believe it.

Suzanne Beukes is a Communication Officer with UNICEF.

© UNICEF/NYHQ2014-0704/Esiebo

Photo of the Week: investing in education, equitably

© UNICEF/NYHQ2014-0704/Esiebo

© UNICEF/NYHQ2014-0704/Esiebo

In many countries worldwide, significantly less public resources are used to educate children in the poorest 20 per cent of society than in the most affluent 20 per cent. Focusing on the needs of the most marginalized children ensures they too can access the opportunities unlocked through quality education.

In this week’s photo, in Nigeria’s Bauchi State, students walk to Gyezmo Primary School, which receives funding earmarked for girls’ education from international donors.

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In Liberia, UNICEF-supported social mobilizers from the group A-LIFE, learn to record survey data using their mobile phones.  © UNICEF/NYHQ2014-2031/Griggers

Comment faire la chasse à un virus : 5 manières dont la polio aide à lutter contre le virus Ebola

Retrouvez ici toutes les dernières informations sur le travail de l’UNICEF pour protéger les enfants et leurs familles dans les pays touchés par l’épidémie d’Ebola.

On me demande souvent de quelle manière l’opération de santé publique la plus large qui ait jamais été menée – celle destinée à mettre fin à la polio – a renforcé la capacité mondiale de lutter contre d’autres maladies infectieuses mortelles.

Quand je me suis rendue en Sierra Leone le 22 octobre pour aider à lutter contre le virus Ebola, j’ai pu constater par moi-même ce qu’il en était. Le virus de la polio et le virus Ebola sont des virus très différents qui demandent des réponses différentes, tous les deux touchent néanmoins de manière disproportionnée les enfants les plus pauvres et les plus vulnérables. Ces deux virus sont un rappel dramatique que nous devons renforcer les systèmes de santé les plus fragiles. Et dans les deux cas, obtenir la confiance des gens et chercher à modifier leurs comportements est au cœur même du succès d’une intervention.

Il y a cinq manières dont la lutte contre la polio renforce l’intervention contre le virus Ebola :

1. Manière de faire la chasse au virus
Une chose que nous avons appris à faire vraiment très bien dans le cas de la polio, spécialement en Inde et au Nigéria, est la façon de dépister le virus. Vous faites la chasse au virus tous les jours : où est-ce qu’il se répand, d’où vient-il, qui touche-t-il ?

Pour vaincre le virus Ebola – exactement comme pour la polio – vous devez comprendre les comportements spécifiques à la population locale. Qui est le plus vulnérable à l’infection ? De quelle manière les gens se comportent-ils? Qu’est-ce qui motive ces comportements ? Obtenir les réponses à ces questions vous permet de déterminer précisément les actions les plus stratégiquement importantes ; et de faucher le virus avant qu’il ait le temps de prendre sa course.

En Sierra Leone et dans les autres pays touchés par le virus Ebola, cela a voulu dire réorienter les dispositifs de suivi qui avaient été mis au point pour s’assurer que tous les enfants sans exception bénéficient du vaccin contre la polio – afin de pouvoir contrôler les effets des actions entreprises pour lutter contre le virus Ebola. Les dispositifs qui avaient été conçus pour suivre l’acceptation et le refus du vaccin contre la polio aident maintenant à mesurer la rapidité et l’efficacité des changements de comportement face au virus Ebola.

Au Libéria, des agents de mobilisation de l’organisation A-LIFE soutenue par l’UNICEF apprennent à enregistrer des résultats d’enquête en utilisant leur téléphone portable.  © UNICEF/NYHQ2014-2031/Griggers

Au Libéria, des agents de mobilisation de l’organisation A-LIFE soutenue par l’UNICEF apprennent à enregistrer des résultats d’enquête en utilisant leur téléphone portable. © UNICEF/NYHQ2014-2031/Griggers

2. Communication tous azimuts
Face au virus Ebola, il n’existe pas de vaccin et pas de remède. Fondamentalement, la seule façon d’empêcher les cas d’infection de se multiplier est de changer la manière dont les gens s’occupent des malades, et la manière dont ils enterrent ceux qui sont morts. Communication et détermination active jouent un rôle crucial pour pouvoir mettre fin à l’épidémie.

Ce n’est pas une tâche facile, mais les mécanismes mis au point contre la polio ont montré que nous pouvons apporter la rigueur nécessaire au rôle pilote que l’UNICEF joue dans ce domaine. L’acquisition rapide de données sur les connaissances et les perceptions concernant le virus Ebola ont par exemple permis à l’UNICEF de raffiner ses SMS et ses autres formes de messages en fonction des différents groupes de la population, de façon à toucher le public approprié au moyen des messages appropriés.

La religion est aussi importante. Recenser et contacter les personnalités religieuses influentes a été crucial pour mettre fin à la polio et se révèle aujourd’hui très précieux face à l’épidémie du virus Ebola où les pratiques d’inhumation contribuent aux niveaux d’infection très élevés. Les personnalités religieuses n’apportent pas seulement une voix favorable aux changements de comportement, elles sont également parties prenantes de nombreuses actions menées contre le virus Ebola. Il peut s’agir d’accompagner les équipes chargées des inhumations, ou de travailler dans un lieu de prière dans un centre de soins pour les victimes du virus. Ceci est similaire à la campagne contre la polio où les notables religieux ne se limitent pas à influencer la population qui se rend à la mosquée ou à lancer des fatwas en faveur du vaccin contre la polio. Ils accompagnent les équipes de vaccination comme ils l’ont fait en Inde. Ou encore ils amènent les enfants de la mosquée locale pour être vaccinés.

3. La « salle des opérations »  
Au Nigéria, le fait que le virus Ebola a été maîtrisé aussi rapidement est en partie dû à la mise en place d’un centre des opérations d’urgence sur le modèle de celui organisé en 2012 pour lutter contre la polio. Un tel centre joue le rôle d’une « salle des opérations » où votre stratégie est définie minute par minute. Toutes les données y aboutissent. Toutes les tâches y sont coordonnées. Son action est accompagnée par le pistage du virus – et par le déplacement des dispositifs de coordination et de gestion vers les lieux où le virus fait le plus de ravages. Vous avez ainsi des informations en temps réel, toutes les connaissances, toutes les ressources à portée de la main.

Un agent de santé revêtu d’un équipement de protection individuelle (EPI) aide un autre agent à ajuster le capuchon qui fait partie de cette tenue de protection dont elle est également équipée au cours d’un exercice d’entraînement pour la lutte contre le virus Ebola. © UNICEF/NYHQ2014-3001/James

Un agent de santé revêtu d’un équipement de protection individuelle (EPI) aide un autre agent à ajuster le capuchon qui fait partie de cette tenue de protection dont elle est également équipée au cours d’un exercice d’entraînement pour la lutte contre le virus Ebola. © UNICEF/NYHQ2014-3001/James

4. La confiance : facteur dont peut dépendre la réussite ou l’échec de l’intervention
Inspirer la confiance est crucial pour mettre fin à l’épidémie du virus Ebola comme pour la polio. Tirant les leçons du cadre mis en place pour créer un climat de confiance dans le cas de la polio, nous avons essayé d’appliquer une démarche similaire dans la campagne contre le virus Ebola.

  • Est-ce que la population fait confiance aux agents sanitaires qui opèrent dans les centres de soins communautaires ?
  • Sont-ils perçus dans une communauté comme ayant un rôle de protection?
  • Quand les gens amènent un être cher pour être soigné à un de ces centres, ont-ils l’impression que c’est un endroit sans danger ? Ou est-ce qu’il apparaît comme une structure étrangère où les gens redoutent de ne plus revoir ces êtres chers ?
  • Existe-t-il une filière de communication entre les communautés locales et les services sanitaires pour assurer que les centres de soins tiennent compte des croyances et de la culture locales ?

C’est un processus de concertation continu, très similaire à l’action contre la polio. Nous luttons pied à pied avec les communautés touchées par cette maladie jusqu’à son élimination totale.

5. L’espoir
L’éradication de la polio est un symbole d’espoir. Grâce à une impulsion vigoureuse, à l’esprit d’innovation et à notre persistance nous prouvons qu’il est possible d’identifier et d’atteindre jusqu’au dernier enfant à travers le monde, d’influencer les croyances communautaires les plus intimes – et de donner un coup d’arrêt définitif à la propagation d’un virus mortel. Le Libéria, la Sierra Leone et la Guinée sont trois pays qui ont éliminé la polio en déjouant de fortes probabilités défavorables. Avec notre soutien, ils peuvent également réussir à mettre fin à l’épidémie du virus Ebola.

Sherine Guirguis est Directrice principale des communications pour le programme mondial contre la polio de l’UNICEF.