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Back in April, residents fill their containers with water at outdoor taps in Sana’a.

Controles fronterizos, agua y los niños de Yemen

Un niño empuja un carro lleno de garrafas en Saná, la capital de Yemen.

Un niño empuja un carro lleno de garrafas en Saná, la capital de Yemen. © UNICEF/NYHQ2015-1291/Yasin

Mi trabajo consiste en garantizar que cada vez más gente consiga acceso a agua y saneamiento en Yemen, uno de los países con mayor escasez de agua del mundo. Después de llevar menos de un mes aquí, tuve que marcharme de Saná junto con otros colegas de las Naciones Unidas a causa del empeoramiento del conflicto.

Ahora se está celebrando el mes sagrado del Ramadán y he vuelto a Saná. Aunque me alegra estar de vuelta, tengo sentimientos encontrados. La ciudad agitada y llena de vida que dejé hace tan solo tres meses ahora está desierta, excepto por las colas kilométricas de coches que esperan para echar gasolina y la basura que hay amontonada en las calles. Llegamos a un control fronterizo en el que veo a un chico con un rifle que parece demasiado joven para llevar un arma. Un poco más adelante veo una fila de personas frente a una mezquita esperando para llenar sus garrafas de agua. En sus ojos se refleja la desesperación.

El conflicto de Yemen ha llevado al país al borde de una catástrofe humanitaria. Un colega lo describe como “la gota que colma el vaso”. Escuelas, hospitales, carreteras y puentes han sufrido daños, y los servicios públicos se han colapsado. Los suministros de comida, combustible y medicinas son muy escasos, y la falta de agua potable y saneamiento adecuado expone la salud de millones de personas a riesgos muy graves.

Es evidente que los yemeníes están sufriendo y que necesitan ayuda urgente, y ese es el motivo de mi regreso. Mi equipo y yo estamos trabajando a contrarreloj para proporcionar agua y kits básicos de higiene con jabón y bidones para los niños y las familias afectadas por el conflicto.

El pasado mes de abril, los ciudadanos llenaban sus bidones de agua en los grifos de la calle en Saná.

El pasado mes de abril, los ciudadanos llenaban sus bidones de agua en los grifos de la calle en Saná. © UNICEF/NYHQ2015-0870/Hamoud

Según estimaciones de las Naciones Unidas, un 80% de la población necesita asistencia humanitaria, una cifra que me pone la piel de gallina. Pero hay pequeños detalles que me alientan, como los camiones que están empezando a pasar por las calles de Saná para recoger la basura que estaba esparcida por todas partes. En cierta medida, esto ha sido posible gracias a UNICEF, que ha proporcionado combustible no solo a las autoridades locales, sino también a más de 10 ciudades de todo el país. Esto mantiene en funcionamiento las bombonas de los sistemas de agua urbanos y permite atender a millones de personas.

De vez en cuando me siento sobrepasado por las emociones. Es inevitable que mi corazón se acelere cada vez que mi cama se mueve por la noche a causa del estruendo de alguna bomba cercana. Sin embargo, lo que más me afecta es recibir noticias sobre la muerte de un miembro del equipo de nuestros aliados locales por el disparo de un francotirador mientras repartía agua en una comunidad, o del secuestro durante una semana de otra persona que construía letrinas para gente desplazada. Al mismo tiempo, se suceden historias heroicas de gente que transporta suministros y combustible para las bombas de agua por las zonas en las que se está desarrollando el conflicto más grave, unas zonas que nunca antes habían recibido ayuda.

Siento mucho respeto por todos mis colegas yemeníes que siguen poniendo sus vidas en peligro para salir a la calle a ayudar a los desplazados. Mi vuelta a Yemen me ha unido más a mi equipo. He comenzado a entender las dificultades que la gente de aquí afronta en su día a día, y eso no nos ha frenado a la hora de hacer planes dedicando todo nuestro esfuerzo. ¿Y si lográramos negociar el acceso a la recogida de los desechos sólidos en Adén, donde podría haber un brote inminente de una enfermedad? ¿Y si pudiéramos repartir kits de higiene a aquellos que se han quedado en Sadá porque no tenían medios para marcharse?

Es muy importante lograr atender a esas personas, ya que nuestro mayor temor no es que los niños de Yemen mueran por las balas o las bombas, sino por enfermedades prevenibles como la diarrea o la neumonía. Además de las vacunas y los servicios de atención médica, proporcionar agua limpia, un aseo y una pastilla de jabón puede salvar la vida de un niño. Aunque el conflicto empeore y se nos vuelva a prohibir el acceso, seguiremos intentando atender a los más necesitados. Y aún más importante: seguiremos esperando que un día termine el conflicto y la paz vuelva a los hogares de los yemeníes.

Marije Broekhuijsen trabaja en Yemen como especialista de UNICEF en Agua, Saneamiento e Higiene. Este post se escribió durante el mes de Ramadán.

A photo of Za'atari from 2013. © UNICEF/NYHQ2013-0660/Noorani

Mantener viva la esperanza para los niños de Siria

El campamento de refugiados Zaatari se ha vuelto famoso en Jordania y en el extranjero. Recuerdo el día que empezó a funcionar, en el verano de 2012, cuando no era más que un terreno arenoso y desolado cerca de la frontera con Siria. Una violenta tormenta de polvo prácticamente impedía ver las largas hileras de tiendas de campaña que se extendían hacia el horizonte. Ese día, Zaatari ofrecía un panorama bastante miserable.

Una foto de Za'atari de 2013. © UNICEF/NYHQ2013-0660/Noorani

Una foto de Za’atari de 2013. © UNICEF/NYHQ2013-0660/Noorani

Recuerdo que hablé con algunas de las familias que acababan de cruzar la frontera. En ese momento había unas pocas docenas, pero se trataba de personas extremadamente orgullosas, llenas de ira por las nuevas circunstancias que les tocaba vivir, y convencidas de que pocas semanas o, a lo sumo, pocos meses después emprenderían el regreso a sus hogares en Siria.

Desde luego que esto no ha ocurrido, por lo menos no para los habitantes de Zaatari ni para el resto de los más de 3 millones de refugiados sirios que se encuentran dispersos en la región. Hoy en día se considera a Zaatari como la cuarta ciudad más grande de Jordania, con cerca de 80.000 habitantes.

La mayoría de las tiendas de campaña se han reemplazado por casas de contenedores que ofrecen mucha más protección contra el extremo calor del verano y el gélido frío del invierno. El campamento cuenta con un activo mercado y algunas de las calles principales han sido asfaltadas. En los restaurantes sirven kebabs bastante aceptables y se puede conseguir un corte de pelo. Alguien me dijo que incluso hay una tienda de mascotas.

ZCampo de refugiados de Za'atari hoy - calles asfaltadas y un sentido de normalidad. (c) UNICEF/Simon Ingram

Campo de refugiados de Za’atari hoy – calles asfaltadas y un sentido de normalidad. (c) UNICEF/Simon Ingram

Sin embargo, lo más significativo ha sido el cambio en la forma como ven su situación las personas que viven en Zaatari. Regresar pronto a sus hogares es un tema sobre el que ya muy pocos hablan. Más bien, hay una especie de resignada aceptación de este exilio forzado y de la necesidad de continuar con sus vidas de la mejor manera posible.

Mohamed, su esposa, Ferdanel, y sus cuatro hijos han vivido en Zaatari durante más de dos años. Mohamed trabaja a tiempo parcial en un negocio dedicado a la producción de baklava árabe y otros famosos dulces de Siria.

Pero su orgullo y alegría es Yenal, su hija de 12 años. Brillante y con un gran talento artístico, la niña ha pintado coloridos árboles y mariposas en las paredes del contenedor que sirve de hogar a la familia.

Acompañé a Mohamed y a Yenal a caminar hasta la escuela del campamento donde estudia la niña. Las escuelas solían ser lugares donde niños y niñas llenos de ira y a menudo traumatizados se desahogaban. Pero ahora existe un ambiente más tranquilo, y los niños están más preocupados por temas normales, como las tareas y los exámenes.

Yenal muestra parte de sus obras de arte. (c) UNICEF/Simon Ingram

Yenal muestra parte de sus obras de arte. (c) UNICEF/Simon Ingram

El director de la escuela me dijo que el cambio ha sido más notorio en los estudiantes mayores. Al principio, estos adolescentes no encontraban sentido a tomar cursos y rendir exámenes basados en programas de estudio de Jordania, que nunca serían validados en Siria. No obstante, muchos de ellos están tomando actualmente esos cursos.

Cuatro años después de que Siria se sumió en la crisis, y sin una solución a la vista, puede ser peligroso interpretar con excesivo optimismo un pequeño cambio como este. Pero con una despiadada guerra como la que se vive allí, es esencial mantener entre los niños y las niñas sirios la creencia de que no todo está perdido, de que los combates terminarán un día, y de que ellos tendrán la posibilidad de desempeñar una función importante en la construcción de una sociedad nueva y mejor tanto para sí mismos como para sus comunidades.

Conversando con Yenal, ella me contó que, cuando llegó a Jordania, estaba convencida de que ya no tenía futuro. Pero ahora que está matriculada en la escuela y que asiste con regularidad a las sesiones que ofrece un centro de actividades respaldado por UNICEF, la situación es diferente, dice.

“Hoy puedo volver a soñar en llegar a ser arquitecta”, me dijo.

Simon Ingram es el Jefe Regional de Comunicación de UNICEF para Oriente Medio y África

Para actualizaciones periódicas visite el sitio web de #ChildrenofSyria.

© UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Sudán del Sur: Otro día en una ciénaga

© UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Mujeres y niños desplazados en las aguas afuera de los refugios, cerca a ellos hay plantas inundadas y basura flotando, en el sitio para la Protección de Civiles en Bentiu, Sudán del Sur. © UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Después del diluvio de la noche pasada, la mujer se pone en pie con su bebé en brazos envuelto en una manta rosa. Se queda en silencio, rodeada por el trajín de sus vecinos limpiando. Cámara en mano, me acerco a ella tras una caminata en medio del fango que me llegaba hasta los muslos.

“He estado quieta sosteniendo a mi hijo en brazos durante toda la noche”, me cuenta. “No tenía dónde dejar a mi bebé por la altura de las aguas”.

Mientras volvía por la vía principal de agua, veo que un hombre con un saco de 100 kilos de grano a la espalda se hunde en una especie de arenas movedizas. Se esfuerza por mantenerse erguido, sin permitir que el grano caiga en ningún momento, con la ayuda de otro hombre que está a sus pies.

© UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Refugios en varias zonas del sitio para Protección de Civiles de Bentiu permanecen en gran parte inundados, lo que agrava las condiciones de vida para aproximadamente 40.000 desplazados en el sitio, aumentando el riesgo de enfermedades transmitidas por el agua.
© UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Ánimos crispados, mucha falta de sueño, personas agotadas empezando a reconstruir de nuevo sus refugios después del azote de la gran tormenta.

¿Tal vez es solo otro día en el infierno para las personas que buscan protección en Bentiu? Se asentaron en esta ciénaga en los terribles días que siguieron al 15 de diciembre de 2013, cuando el malestar político tornó en violencia en Juba y ésta se extendió como la pólvora por los 10 estados de Sudán del Sur.

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Sitio para la Protección de Civiles (PoC, por sus siglas en inglés) en Bentiu. © UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Cuando los habitantes de Bentiu huyeron al recinto de Naciones Unidas y se abrieron sus puertas, nadie habría imaginado lo poco acogedora que sería esta tierra pantanosa. Pero obligados a elegir entre una casi segura muerte violenta o una vida tras las alambradas de protección, muchos optaron por tratar de sobrevivir. Unos días son peores que otros, incluso aquí.

En una zona del recinto de Protección de la Población Civil que ayer solo estaba embarrada, hoy el agua llega hasta las rodillas. Agua sucia, antihigiénica, solo un poco mejor que las aguas residuales que vinieron con la temporada de lluvias.

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El 24 de agosto, dos días después de las fuertes lluvias, una vista aérea muestra aún grandes inundaciones en y alrededor del sitio para la Protección de Civiles en Bentiu, Sudán del Sur. © UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Por todas partes veo gente remodelando diques de barro para contenerla, recogiéndola con, como mucho, un cubo; y en el peor de los casos, con un plato hondo. Los niños y los adultos trabajan juntos, intentando hacer de cada casa un lugar seguro, al menos hasta que lleguen las próximas lluvias de la temporada.

Una de las asociaciones de mujeres de Bentiu nos explica las amenazas más complicadas a las que se tienen que enfrentar las féminas: riesgo de violaciones y muerte fuera del campamento por ir a buscar leña; o ver cómo sus hijos se mueren de hambre porque ya no tienen forma de cocinar los alimentos de sus cartillas de racionamiento.

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El 23 de agosto, Mayok Kulang Ket, alias “Acción”, vistiendo botas de agua, se sienta en una de las cunas inundadas de la oficina de Agua, Higiene y Saneamiento de UNICEF en el sitio para la Protección de Civiles de Bentiu. © UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

Dos días después de dejar Bentiu, se estrelló un helicóptero de la ONU, supuestamente derribado. Mi corazón se hundió. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que los vuelos de helicópteros de salvamento estén funcionando de nuevo? La gente de la zona depende de los suministros que llegan del exterior.

Al final del día me encuentro de nuevo con la madre que llevaba a su bebé envuelto en una manta rosa. Se había ido en busca de tierras más secas para construir su refugio. Sabía que no tenía muchas posibilidades. La aparentemente deliciosa hierba verde que se ve fuera del recinto de la ONU está cubierta de agua que llega a veces hasta la altura del pecho. Más ciénagas.

La gente vive aquí porque tienen miedo a lo que supone vivir fuera de este espacio, aunque eso signifique pasarse de pie toda la noche.

Christine Nesbitt es la Editora Senior de Fotografía de UNICEF y estuvo en Bentiu, Sudán del Sur, del 20 hasta el 24 de agosto de 2014. 

Para ver más imágenes sobre de UNICEF visite Fotografía UNICEF.

© UNICEF/NYHQ2014-1304/Nesbitt

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