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Rostro de Nairely ©UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

Honduras: mirar con ojos de niña

Rostro de Nairely ©UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

©UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

Nailery tiene año y medio, vive en la comunidad garífuna de Corozal, en la zona norte de Honduras. Ella es la menor de 5 hermanos, apenas camina sin ayuda, balbucea algunas palabras mientras su madre la mece en brazos. Sus grandes ojos conservan el brillo del reflejo del sol sobre el mar Caribe y da la sensación de que perdió la sonrisa hace 6 meses cuando, junto a su madre y un hermano de 5 años, emprendió el viaje a través de Guatemala y México hacia Estados Unidos.

El norte de Honduras es una de las regiones donde se concentra buena parte de los casos de migración infantil hacia Norteamérica. Según datos del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de EE.UU., alrededor de 20.000 menores hondureños no acompañados han sido retenidos en alguno de los centros de los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California desde mayo de 2014 (no existen datos de los menores que logran atravesar la frontera sin ser arrestados).

Dos son los principales motivos por los que la mayoría de niñas y niños que viajan sin compañía inician el viaje hacia el norte. Honduras tiene la mayor tasa de homicidios del mundo por la proliferación de maras o pandillas, el crimen organizado y el narcotráfico. A su vez, existe una tasa de impunidad del 92% de muertes violentas que no son resueltas. El segundo factor es la pobreza endémica que arrastra el país, donde el 66% de las familias viven en condiciones de pobreza y el 42% en pobreza extrema.

Calle principal de la comunidad garífuna de Corozal, en el norte de Honduras. © UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

Calle principal de la comunidad garífuna de Corozal, en el norte de Honduras. © UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

Nailery observa minuciosamente todo lo que sucede a su alrededor, aunque nada entiende de las cifras y estadísticas que miden el desarrollo de un país. En Honduras, el 56% de las 8.894.975 personas que viven en el país es menor de 24 años. El 30% de la población de mujeres embarazadas tiene menos de 18 años y, según un estudio de la Fiscalía de la Niñez hondureña, el 50% de los embarazos en menores de edad son causados por violaciones, muchas de ellas cometidas por sus propios familiares. En Honduras, 1 de cada 4 mujeres entre 15 y 19 años ha tenido por lo menos un hijo.

UNICEF trabaja junto al Gobierno de Honduras mediante la campaña de Niñez Migrante y el programa “Retorno de la Alegría” para recibir a la infancia que regresa al país, localizar a sus familias, facilitar la reinserción de niñas y niños en la escuela y ofrecerles asistencia técnica y psicológica.

Antes de despedirnos logramos arrancar una sonrisa en el rostro de Nailery, al mostrarle una fotografía suya en la pantalla de la cámara fotográfica. Esta misma imagen ha servido para realizar un mural que visibiliza a la niñez hondureña, la que recuerda que en cada rincón del país existen unos ojos de niña que observan, aunque haya muchas cosas que no acaban de entender.

Responsables de UNICEF Honduras y del Centro Cultural de España en Tegucigalpa frente al mural con los ojos de Nailery instalando en este centro. ©UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

Responsables de UNICEF Honduras y del Centro Cultural de España en Tegucigalpa frente al mural con los ojos de Nailery instalando en este centro. ©UNICEF Honduras/2015/Daniel Atienzar

Los ojos brillantes de Nailery se expusieron después en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa para mostrar el sufrimiento y la ilusión de la niñez hondureña. Cada uno de los pixeles demuestra que se necesita tomar perspectiva para entender las estadísticas y que la solución pasa por invertir en los niños para crear las oportunidades necesarias que garanticen sus derechos, en especial los de aquellos más vulnerables.

Daniel Atienzar trabaja en el área de comunicación de UNICEF Honduras

Una versión adaptada de este post fue publicada en el periódico español ’20 Minutos’

Un niño camina por la carrilera por donde pasa el tren que muchos migrantes toman para viajar a EEUU

¿Es suficiente hacer todo lo que debemos?

Las niñas y niños migrantes están cada vez más desprotegidos y son más vulnerables

Aún tras perder presencia en los noticieros, la migración de niñas y niños de Centroamérica y México hacia el norte sigue estando de dramática actualidad.

Hoy, los viajes que realizan están acompañados de grandes riesgos y de un terrible impacto sobre ellos y sus familias. Mientras, aumentan las enormes ganancias de quienes se lucran del tráfico de personas y este horrible negocio crece sobre las espaldas de los más vulnerables.

Un niño camina por la carrilera por donde pasa el tren que muchos migrantes toman para viajar a EEUU

Lechería, municipio de Tultitlán, Estado de México; carrilera por donde pasa el tren que muchos migrantes toman para viajar a EEUU.  © UNICEF México / 2014 / Daniel Ojeda

Esta situación agravada sigue teniendo su raíz en la pobreza: la falta de accesos a servicios de salud y educación, bajos ingresos, falta de oportunidades y la insuficiente inversión social de los países de origen generan una inmensa presión hacia la migración.

El reverso de la situación la viven las familias que, ya instaladas en el norte, envían dinero desde Estados Unidos a sus parientes. Esas remesas son, desde hace años, la primera fuente de divisas para los países centroamericanos. Como ejemplo, un migrante guatemalteco envía de media el 15% de sus ingresos a su familia y consume en Estados Unidos el 85% restante (OIM-UNICEF, Guatemala, 2010). Para los miembros de estas familias y para los niños y niñas migrantes, la reunificación familiar es una de las razones prioritarias para realizar tan peligroso trayecto.

El envío de remesas aumentó en los últimos cinco años, acompañando una importante salida de la pobreza de amplios sectores de la población latina en Estados Unidos, incluidos niños y niñas. Se amplía, en consecuencia, la atracción de la migración. Sólo por mencionar un caso, el 18% del PIB de El Salvador proviene de las remesas.

Otra causa es la ilegalidad misma en la que el hecho migratorio se genera y desarrolla. La migración indocumentada facilita por su clandestinidad el control y explotación de redes delictivas internacionales.

El crimen organizado tiene en el tráfico de personas una de sus primeras fuentes de ingresos en la región, compitiendo con el tráfico de drogas y de armas en un negocio que genera miles de millones de dólares al año (UNODC, 2014). Sus ganancias, su control creciente del territorio y su penetración en las instituciones facilitan que dichas redes operen con impunidad, debilitando la justicia y la vida democrática.

Los grupos criminales expanden la violencia como cultura dominadora en las distintas esferas de la vida social, en particular urbana, pero cada vez más en entornos rurales. A día de hoy, El Salvador ostenta el mayor índice mundial de homicidios de adolescentes: 27 niños y adolescentes por cada 100.000 habitantes (Informe Ocultos a Plena Luz). Son cifras de guerra, de un duelo cotidiano donde padres y madres son quienes entierran a sus hijos.

El aumento de los controles fronterizos en algunos países de la región han incrementado el ya alto riesgo de la migración irregular: los niños migrantes toman nuevas rutas para intentar sortear los controles, viajan en grupos más reducidos y multiplican su riesgo de agresiones por parte de bandidos, de extorsión por parte de funcionarios deshonestos y de abuso sexual. Las opciones de protección a través de los sistemas existentes, como los albergues ubicados a lo largo de las rutas tradicionales de migración apoyados por instituciones y ONG, se ven por tanto debilitadas.

Unos niños están sentados en una carrilera por donde pasa el tren que muchos migrantes toman para viajar a EEUU

© UNICEF México / 2014 / Daniel Ojeda

Como consecuencia de estos controles más severos se genera un aumento del costo a pagar por los migrantes y sus familias a los traficantes de personas, quienes ven incrementados sus beneficios.

Los menores de edad que migran fuera de las redes de tráfico corren aún más riesgos, incluyendo el de ser asesinados por criminales ordinarios u organizados. A quienes pagan precios más bajos por este proceso se les suele incluir la explotación sexual a lo largo del trayecto a beneficio del traficante, como informan distintas ONG de apoyo al migrante. La débil presencia de servicios del Estado en las comunidades de origen dificulta el seguimiento de los retornados y su reintegración social.

La gran mayoría de niños y niñas retornados a Centroamérica provienen de México. Generalmente realizan este viaje por vía terrestre, lo que implica trayectos más largos y difíciles, incluso en horarios que pueden ser nocturnos. Ello dificulta su recepción y atención en los países de tránsito y origen. En su última visita a México, la Relatora sobre los Derechos de la Niñez de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Rosa María Ortiz, aseguró que “es preocupante que los niños que son retornados no cuentan con un apoyo que se ajuste a sus necesidades específicas y que vele por sus derechos y, además, asegure que las medidas tomadas respondan al interés superior de cada niño y caso por caso”.

Una mayor inversión social focalizada en servicios sociales, educación, desarrollo y oportunidades laborales es la vía central a tomar por los Estados para mitigar las causas de la migración. Además, se requiere una acción legal firme contra la impunidad de la que gozan las redes criminales para frenar la violencia e inseguridad en las zonas expulsoras y de tránsito migratorio. Ambas garantías son tareas arduas, pero posibles. Y en definitiva, son claves para liberar a la niñez de la pobreza, de la inseguridad y del miedo que existen en la base de la migración irregular.

Bernt Aasen es el Director Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe